Mala resultó este año la temporada de la Santamaría de Bogotá. Toros sin casta y toreros sin ganas, que es lo mismo. Del tedio nos salvó la última tarde del ciclo: una corrida de Las Ventas, más noble que brava, y tres toreros en su sitio: Pepe Manrique, José Tomás y José María Manzanares. No fue una tarde de toros, sino una de toreros. Sí, claro: los toros de Las Ventas, hermosamente presentados, fueron nobles y se dejaron torear, sin ayudar mucho pero sin presentar problemas. Pero lo que de verdad se vio en la plaza fue el arte del toreo. Ese arte por el cual el absurdo combate entre un animal y un hombre, absurdo porque no es necesario, se vuelve necesario. El arte es justamente eso: aquello que no es evidentemente necesario, pero comienza a serlo en cuanto se hace carne. |