La lidia trata de cómo un hombre –el torero– descubre, en tres tercios, la bravura del toro; de cómo arriesga su vida en el empeño; y de cómo, tras torearla, la mata. A la plaza vamos, pues, a presenciar el sacrificio del toro y la victoria del hombre –representado por el torero– sobre la muerte que el toro le promete.
Pero la lidia es un sacrificio pagano –civil, festivo- que ritualmente se identifica –por analogía– con el sacrificio religioso, y se diferencia en lo fundamental. Se diferencia en que la víctima propiciatoria no se ofrece a ningún dios para demostrarle nuestra fidelidad, ni para compensarle de nuestras faltas sino para celebrar el triunfo del hombre sobre el peligro, sobre la Tierra, que nos crea y nos mata; en consecuencia, sobre su destino.
En todo lo demás, ambos sacrificios se identifican: la víctima, en los antiguos sacrificios, era maligna, podía contagiar a la comunidad. Por eso, se la encerraba y vigilaba, antes del sacrificio.