De la capacidad al arte
Por José Carlos Arévalo


Me citó Antonio Barrera en La Campana, la ganadería de su suegro, José Sánchez Benito, que fue el apoderado de Morante hasta este año. Por cierto, allí estaba también el de la Puebla del Río, que había ido a buscar unos cabestros para llevárselos al Rocío. Ambos torearon vacas y mataron dos toros por barba.
Pero hoy no hablaré de Morante sino del otro sevillano, Antonio Barrera. Es un torero que me interesa porque su trayectoria me parece muy singular. De novillero le caracterizó la entrega; de incipiente matador, el coraje; en México se contagió de temple. Pero el contraste entre el “saltillo” azteca y el toro español le pasó factura. Cuando regresó a España, apoderado por los hermanos Chopera, y durante tres temporadas, sufrió doce cornadas, algunas muy graves. De ese dramático período, sólo un dato positivo: cada vez que Barrera regresaba a los ruedos demostró que el castigo no le había hecho mella. Quizá pudo con el tópico, callado pero interiorizado por profesionales y aficionados, de que era carne de toro.


 

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