Hace un año hablábamos en esta columna acerca de la vida torera de Sebastián Castella. En concreto, sobre la necesidad perentoria de definirse dentro del escalafón, bien como una auténtica figura del toreo, bien como un valentísimo torero que, aun siendo una institución en su país, no pasaba del primer puesto de la clase media. Este segundo caso no dejaba de ser un gran logro, toda vez que lo primero queda destinado a poquísimos elegidos, pero andar detrás de la elite no encajaría en modo alguno con el propio carácter áspero y directo del francés. Ha pasado un año de aquel artículo y debo decir que Castella está más cerca de lo primero que de lo segundo.