Una de las obligaciones del torero es la de responder a las expectativas. Cuando éstas son escasas, mal asunto pero pocos problemas a la hora de defraudar a una afición que espera poco o nada del sujeto en cuestión. Cuando son elevadas es buena señal, porque el matador ilusiona, pero a la vez supone un problema si no se está a la altura de lo que demanda el público, la prensa y los taurinos.