Detesto el discurso apocalíptico, no ya por su total carencia de argumentos, sino porque oculta precisamente lo que, en apariencia, pretende denunciar: la mentira. De igual modo, me provoca grima el periodismo entendido como burdo masaje erótico. Tiene idéntica falta de credibilidad que el anterior y aspira a una forma de vida muy común en nuestros días: la de la pose acomodaticia a costa de la dignidad profesional e incluso personal.