Cuando Antonio Borrero surgió a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, yo pensé que se trataba de un joven torero mexicano. El malentendido venía de su apodo: chamaco es sinónimo de muchacho en el país hermano. También le ayudaba su físico, muy exótico, la cara cetrina, los ojos rasgados, que le daban un aire como de gitano achinado, el tronco de junco algo quebrado, y, aunque de buen porte, era ligeramente zambo, como un torero diseñado por Roberto Domingo.